martes, 16 de julio de 2013

Un romance literario

La fantasía siempre ha sido mi género favorito y creo que mi pasión por los universos mágicos y sus criaturas empezó ni más ni menos que gracias a los cuentos de mi niñez. Puedo recordar a la perfección la dulce seguridad que invadía mi corazón infantil cuando me leían aquellas mágicas historias protagonizadas por príncipes y princesas, monstruos y seres fantásticos que luchaban por imponerse. Gracias a los cuentos, aprendí que la bondad es más importante que el dinero y que la valentía no tiene más poder que la inteligencia. Soñé con castillos, príncipes que luchaban por amor, con brujas malvadas, con niños valientes, con aventuras...Y fue entonces cuando empecé a adorar la fantasía y todo lo que conlleva.

Cuando tuve una cierta edad, empecé a leer. Recuerdo tardes enteras pegada a las aventuras de Jorge, Julián, Ana, Dick y el fiel Tim...¿sabéis de quiénes os hablo? Eran una pandilla de niños capaces de luchar contra contrabandistas, ladrones y misterios variados en el pueblo de Kirrin, donde vive Jorge o Jorgina. Me encantaban esos libros que me permitían soñar con aventuras que, desde luego, yo no iba a vivir. Poco a poco fui avanzando gracias a mi tía, que alimentaba mi fiebre lectora con los libros que ella adquiría (en mi familia somos todos un poco devora-libros, la verdad) y así conocí a Danielle Steel que me hizo soñar con romances llenos de pasión y dulzura, aunque también amargos y tristes; a Christian Jacq, que me adentró en el maravilloso mundo del antiguo Egipto; etc. Y así llegué a ser una devoradora de libros más. Una adolescente que prefería quedarse en casa un viernes por la noche leyendo un buen libro antes que salir con sus amigos a beber o bailar.

Pero mi romance con los libros fue aún más lejos porque pronto esos mundos escritos se me antojaron pequeños e insuficientes para una imaginación alimentada durante años con miles de historias mágicas; tenía tantos sueños en mi cabeza que empecé a escribir. Primero cuentos breves que me ayudaban a seguir soñando, luego poesías cargadas de la amargura propia de la adolescencia y finalmente novelas. No podía dejar de escribir porque era una forma de vaciar mi cerebro. Era una forma de escapar de la realidad y sentirme segura porque, como todos sabéis, la adolescencia es un período duro de nuestra vida (como yo les digo a mis alumnos...¡la adolescencia es un asco!) y mucho más si no encajas con la mayoría. Si prefieres leer Jane Eyre antes que ver la gala de Gran Hermano; si te sabes de memoria los diálogos de tu novela favorita pero eres incapaz de recordar los nombres de los integrantes de Operación Triunfo; si prefieres la dulzura presente en la amistad entre Dana y Kai, antes que la química sexual entre Quimi y Valle. ¡Nadie es perfecto!

Así, la literatura empezó a ser una válvula de escape en mi vida. Me encantaba leer. Adoraba pasear por las librerías y ver las portadas coloridas de las novedades, mientras mis compañeras visitaban Berska o Jennifer en busca de una minifalda adecuada para la noche del viernes. No, mi mundo estaba entre libros y disfrutaba con ello casi tanto como con la música, otra de mis pasiones.  No había duda de que mi vida estaba unida a la literatura, algo que se verificó cuando decidí estudiar Filología Clásica, después de enamorarme de las dulces palabras de Ovidio o de los épicos versos de Virgilio; después de conocer las fábulas y el viaje de Jenofonte. Ya no había vuelta atrás. Había conocido la cuna de la literatura europea y me había enamorado perdidamente de ella.

Mis años como universitaria fueron duros. Mucho trabajo y poco tiempo. Sin embargo, disfruté leyendo sobre los tormentosos amoríos de Catulo, la sencilla y patriótica poesía de Horacio, el desenfado de Plauto, las aventuras de Lucio convertido en asno por una bruja, las quejas de las heroínas griegas a sus amantes...Disfruté mucho, sí; pero también aprendí otro tanto. Aprendí el uso de las metáforas, adquirí un cierto gusto por lo trágico (queda patente en todo lo que escribo, la verdad), aprendí a usar las descripciones como un arma de seducción y a que todo lo mágico es más mágico si tiene lugar en un bosque sombrío...¡Ah! ¡Cuántas cosas me han enseñado los clásicos y cuántas me quedan por aprender!
Ahora, con veintiséis años bien cumplidos y acercándome a los veintisiete, no me arrepiento de haber dedicado mi tiempo a leer. No, no me arrepiento de nada porque la literatura me ha guiado en mi camino y me ha convertido en lo que soy; los libros me han enseñado a tener la mente abierta y despierta, a ser crítica y objetiva; a tener paciencia; a no rendirme ante los obstáculos de la vida; a no dejarme llevar por el "lado oscuro"; y, sobretodo, los libros me han enseñado a tener fe.
A vosotros, amigos míos, os animo a adentraros en el mágico mundo de la literatura y a dejaros llevar por los dulces abrazos que los libros guardan para vosotros. Nunca dejéis que los demás os digan lo que tenéis que hacer o qué os debe gustar; y jamás de los jamases permitáis que alguien os separe de vuestro amor a la lectura. Porque la lectura y la vida no están reñidas, sino que son grandes amigas.


6 comentarios:

  1. De lo único que me arrepiento es de no haber empezado a leer antes, me gustaría poder decir que empecé desde bien pequeñita a leer, pero mentiría cual bellaca.

    De pequeñita veía películas de Disney, dibujos animados y series, no salía de allí. Cuando mis padres contrataron Telecable y descubrí Cartoon Network y Nickelodeon mi culo no se levantaba del sofá. Me negaba a leer porque ¿para qué esforzar al cerebro a imaginar cosas con una novela si luego, si es buena, la adaptarán y la veré en el cine?

    Menos mal que salí de mi gran ignorancia a los 14 años, nunca es tarde, me estrené con Crepúsculo :P y a partir de ahí...ha sido un no parar, creo que he aprovechado bien el tiempo, y me quedo corta si digo que he leído más de doscientas novelas jiji.

    Sí que había leído alguna que otra historia antes, pero muy poquitas, y la mayoría obligadas, encima no me gustaban ¬¬ los únicos que recuerdo haber leído porque quería y que me gustaron fueron: Kika superbruja (el de vampiros), Ewilan y el primero de Narnia :P

    Y, comparto lo que dices, para mí el mejor plan para un fin de semana es una buena lectura, aunque tampoco loe hago ascos a una buena película en el cine o en casa :)

    Un besito!

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    1. Jajajaja a mí una buena película también me hace disfrutar, aunque últimamente son difíciles de encontrar, creo.
      Y, Marta, nunca es tarde para empezar a leer :D
      Un beso!

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  2. Hola guapa, qué buena idea hablar de como te adentraste en tu amor por los libros. Yo también adoro los cuentos clásicos y la fantasía, durante mucho tiempo fui coleccionista de Disney, películas, cuentos...incluso algunos muñecos. Intenté empezar una novela pero como no sabía como terminarla la dejé abandonada, no es lo mío escribir, soy más bien lectora, devoradora como tú de libros. Empecé con los cómics de mortadelo y filemón que traía mi abuelo a casa con el periódico jeje

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    1. Gracias por el comentario, Noemi.
      Yo también fui amante de Disney, de hecho sigo siéndolo...me encantan las pelis de Disney (las clásicas...las nuevas no tanto) y los cómics también me apasionaron en su día. Ahora soy más de mangas :D
      Un besazo!

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  3. Yo también empecé a leer gracias a Los cinco, me ha gustado recordar esa época con tu post. Luego ya me fui más para la novela policial con Agatha Christie y la novela negra.
    Besos!

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    1. Oh!! Yo también pasé por Agatha Christie...¡cómo me gustaba Poirot! Me alegro de haberte trasladado a esa época, Laura :D

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